jueves, 13 de enero de 2011

Tormenta

Laura estaba frente a la puerta. La misma puerta que había visto durante los últimos 23 días. Tocó el pomo y se dio cuenta de que estaba más frío que sus propias manos, heladas por el frío polar de aquellos días.

Estaba en aquella habitación cuadrada que era su hogar desde el accidente, tan blanca como la nieve, pero tan gris como su memoria. Un sol brillaba en la ventana, pero a ella le daba igual, tenía su propia tormenta en la cabeza, una tormenta que le estaba destruyendo por dentro.

¿Por qué a ella?

Eso se estaba preguntando cuando entró él. Su nombre era Pablo, tenía media melena y barba de una semana. Le conocía, estaba segura, pero no se acordaba. Cuando él entraba, ella se acurrucaba en el sofá, cerca de la ventana. Él le hablaba de historias que ella quería recordar pero no podía.

Cada vez que él se iba, ella se quedaba en el mismo sitio, rígida como la pared, fría como la noche.
Pero esa noche, después de contarle su viaje a París, Laura se sentía muy cansada. Había hecho un esfuerzo sobrehumano por intentar recordar todos los detalles que él le describía.

Estaba cansada y el tacto del sofá era áspero, así que se trasladó a la cama.

Esa noche no quiso cenar, como muchas otras noches antes. La cena, después de la visita, siempre le sabía amarga y no se sentía muy bien. No sabría como describirlo, pero sentía como su mundo se desmoronaba por momentos, y por una vez, el tiempo y sus sentimientos se ponían de acuerdo.

Esa noche cayeron truenos y relámpagos, uno por cada recuerdo olvidado.

1 comentario:

Ellenidama dijo...

Sí, la ira y la tristeza van unidas, de la mano, a lo mejor de una mano áspera, al tacto del sofá de Laura.

Aunque más tristeza que ira me inspira tu relato. No hay nada más triste que no poseer el control de tus recuerdos; tu memoria selectiva se ha quedado en blanco y no hay nada bueno, nada malo donde elegir. Eres dueña de tu cuerpo, pero no de tu alma.... y ser capaz de ser dueña de tu alma, sólo puede ser hecho a través de los recuerdos.

Que nadie venga a pintar las paredes de nuestro olvido... Están bien sin pintar.